n° 3, Septiembre de 2008
ISSN : 1988-2882
El Imperio de Carlos V: El laboratorio político de la Europa moderna
Marina Mestre ZARAGOZA
Profesor titular,
Université de Lyon, École normale supérieure Lettres & Sciences humaines
UMR 5037 (CERPHI)
Traducción de Noémie Gotti
- [ Traducción :
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- ]
El imperio de Carlos V fue, desde su nacimiento, una construcción política problemática que hubo que pensar y justificar ante sus contemporáneos. Además éste parece plantear sobre todo un problema a cierta historiografía contemporánea: ¿cómo entender la emergencia de aquel imperio inesperado, mientras se encontraba en curso el desarrollo de los estados modernos centralizados? La explicación que ha prevalecido durante muchos años ha sido la de una construcción anacrónica, llevada a cabo desesperadamente por el propio Carlos V, último caballero medieval agotado en el empeño de esa imposible tarea. Sin embargo la teoría de la emergencia de los Estados-nación modernos en el siglo XVI ha sido matizada en estos últimos años[1], sin que por ello se haya conseguido pensar la relación entre el imperio de Carlos V y los estados nacionales de otra manera que siguiendo el eje de la exclusión[2]. El gran historiador inglés John Elliot plantea claramente el problema en su excelente artículo “Monarquía compuesta y monarquía universal en la época de Carlos V”, publicado en el año 2000:
La visión tradicional de la historia de Europa en los siglos XVI y XVII, tal como fue heredada por el siglo XX de mano de los historiadores decimonónicos, era la de un avance inexorable hacia el triunfo de la nación-estado centralizada y centralizadora, desarrollo que iba acompañado a menudo, aunque no invariablemente, de la imposición de la monarquía absoluta. Si este esquema es tomado como norma, el reinado de Carlos V sólo puede ser considerado como un anacronismo, quizá glorioso, pero condenado al fracaso. En esencia resultaba anacrónico en dos aspectos: en primer lugar parecía desafiar las tendencias de la época en tanto que encarnación de la más extrema diversidad en un momento en el que los monarcas avanzaban firmemente en el sentido de una mayor uniformidad y concentración de poder; en segundo lugar, la misma noción de imperio y monarquía universal entraba en contradicción directa con el concepto incipiente de soberanía nacional y era propia tan sólo de un mundo medieval en desaparición[3].
Esta cita plantea con claridad el problema de fondo: la relación entre “unidad” y “diversidad”. Toda construcción política, como toda organización humana, procura dominar y organizar la diversidad. Para ello puede seguir un modelo centralizado, considerado durante largo tiempo como un signo de modernidad, o un modelo descentralizado, intentando respetar las particularidades de tal grupo o tal territorio, lo que en nuestra época ha devenido el signo de la modernidad. Así, los mismos autores que ponían de manifiesto el aspecto anacrónico del imperio de Carlos V, intentaban salvarlo convirtiéndolo en una especie de anticipación de la Comunidad europea[4]. Si bien en ambos casos se percibe el imperio de Carlos V como una construcción en desfase con su tiempo, ya sea ésta anacrónica o anunciadora de un porvenir lejano.
La interpretación del conjunto de los territorios de Carlos V como una “monarquía compuesta” como propone John Elliot tiene la ventaja de paliar este inconveniente y de hacer de este imperio una realidad profundamente anclada en su tiempo:
Las estructuras políticas de la Europa del siglo XVI […] incluían monarquías compuestas, ciudades-estado y de vez en cuando, la república, y juntas, constituían una Europa que en 1500 consistía de unas quinientas unidades políticas más o menos independientes. Algunas de las mayores de estas unidades políticas – en particular Francia, Inglaterra y Castilla – estaban levantando un potente aparato administrativo y sacaban fuerzas de un sentimiento de identidad colectiva a la vez que lo fomentaban. A pesar de todo, la realeza personal seguía siendo de suma importancia y cualquier movimiento en dirección a una mayor cohesión interna corría el riesgo de verse subvertido por ambiciones y preocupaciones dinásticas, con el resultado de la adquisición, en general por herencia pero a veces por conquista, de territorios nuevos y posiblemente remotos. […] Por consiguiente, la Europa del siglo XVI era una Europa de uniones e incorporaciones, en la que cada nueva adquisición de territorio era considerada como un aumento del poder del príncipe. La paradójica consecuencia de ello, al menos a los ojos modernos, era que cuanto más poderoso era un príncipe en los términos del siglo XVI, más compuesta, y por lo tanto compleja, era su monarquía. Y la más compuesta de todas las monarquías fue la de Carlos V.
Así pues, deberíamos contemplar el reinado de Carlos V no como una desviación de la norma, sino como su ejemplo más característico a escala masiva[5].
Elliot demuestra así que el imperio de Carlos V no sólo se encontraba ineluctablemente ligado a su tiempo, sino que constituyó un excelente ejemplo del tipo de construcción política que podía llegar a conseguir un príncipe poderoso, cuyo poder aumentaba al incorporar nuevos territorios a sus posesiones. Sin embargo esta interpretación sigue resultando problemática en cuanto hace desaparecer el estatuto particular de la construcción política. En efecto, la noción de “monarquía compuesta” oculta la importancia simbólica de la dignidad imperial de Carlos V. Sin embargo se trató de un verdadero imperio, y Carlos V fue un verdadero emperador. De esta manera, aunque compartimos plenamente la idea propuesta por John Elliot sobre que Carlos V fue un príncipe de su tiempo, en las páginas siguientes nos detendremos en la dimensión imperial de su poder, la cual explica precisamente que esta construcción política -decididamente original e hija de su tiempo-, se convirtiera en el laboratorio de la Europa moderna.
1. El imperio de Carlos V: una construcción original
Aquello que llama la atención al analizar los orígenes del imperio de Carlos V es que se trata de un conjunto no previsto, que resultó de la política matrimonial, pieza maestra de la diplomacia de los príncipes del Renacimiento. En este sentido, no se previó y ni siquiera se deseó. Los Reyes católicos casaron a cuatro de sus cinco hijos con dos finalidades políticas muy precisas: reunir la península ibérica bajo una misma corona y aislar a Francia. Para responder a la primera exigencia, fue casada Isabel, la primogénita, con el rey Alfonso de Portugal. Cuando él murió, Isabel se casó con su cuñado, el rey Manuel, antes de morir en el parto de su hijo Miguel. Su hermana María la sustituyó junto al rey Manuel de Portugal. Para responder a la segunda exigencia política, se imaginó una doble alianza, con el Santo Imperio romano germánico por un lado, y por el otro con Inglaterra. Así, Catalina fue concedida a Arturo, príncipe de Gales, y a la muerte de éste se casó con su cuñado, el futuro Enrique VIII de Inglaterra. Juan, el príncipe heredero, se casó con Margarita de Austria, hija del emperador Maximiliano en 1947, mientras que un año atrás su hermana Juana se había casado con Felipe el Hermoso, hermano de Margarita y duque de Borgoña.
Aunque rápidamente los acontecimientos tomaron un giro inesperado: Juan muere seis meses después de los esponsales y su mujer, embarazada, pierde a su hijo. De esta manera, la sucesión de los reinos hispánicos le corresponde a Juana, esposa de Felipe el Hermoso, y al niño a quien acaba de dar a luz, Carlos de Gante. Así, desde su nacimiento, Carlos recibe la promesa de una herencia tan inmensa como inesperada: los territorios borgoñones, los territorios patrimoniales de los Habsburgos y las coronas hispánicas[6].
El conjunto es absolutamente heterogéneo. Heterogéneo por los idiomas hablados (flamenco, francés, castellano, catalán, alemán…), heterogéneo también por la distancia geográfica que separa los diferentes conjuntos territoriales; y finalmente por la naturaleza política de cada una de las partes que lo componen. Así, Carlos era a la vez el señor natural de los Países Bajos -es decir un conjunto de provincias proclives a su autonomía y de las que se vuelve sucesivamente, duque, conde, etc. comprometiéndose a respetar sus particularidades- y de España, o Españas -que por entonces es una construcción política en proceso que incluye las coronas de Castilla y de Aragón, los territorios conquistados durante sus expansiones respectivas: los reinos de Nápoles, Cerdeña y Sicilia por Aragón, y los territorios americanos, cuya extensión apenas comienza a concebirse, por Castilla[7]-. En el seno del conjunto de los territorios españoles, la organización política también fue heterogénea. Se puede decir, grosso modo, que Castilla había entablado un proceso de centralización del poder, mientras que Aragón conservaba una organización descentralizada y gobernaba los diferentes territorios conquistados nombrando in situ a virreyes que respetan escrupulosamente los usos y costumbres locales[8]. Por último, Carlos heredó los territorios patrimoniales de los Habsburgo, que lo convertían en un príncipe alemán entre los demás, otorgándole el derecho de participar en la elección imperial.
Si Carlos, duque de Borgoña y rey de las Españas no hubiera conseguido imponerse durante la elección imperial, sus territorios se hubieran quedado en una monarquía compuesta. Pero en 1519, sale victorioso de la elección frente a Francisco I y es elegido emperador a los 19 años. En este momento es cuando comienza verdaderamente la construcción de lo que bien podemos denominar el imperio de Carlos V.
Ciertamente esta construcción es mucho más que el resultado del esfuerzo realizado por el príncipe de todos estos territorios para conservarlos por puro desvelo dinástico. Aquello que impulsaba a Carlos era un designio que superaba con mucho su sentimiento de responsabilidad personal o un presunto anhelo, como príncipe nutrido por novelas de caballería, de resucitar un mito imperial pasado. Nos parece que a Carlos le impulsaba la propia fuerza del título imperial que recibe, por su poderosa virtualidad. Este título, que quizá no era para los consejeros flamencos de Carlos sino un medio para asegurar la permanencia de los territorios borgoñones frente a los asaltos del rey de Francia, insufló un hálito creador que marcó poderosamente al emperador a lo largo de su acción política[9].
Así, aunque el Sacro Imperio romano germánico se hubiera estrechado poco a poco hasta confundirse casi con los territorios germánicos, la potencia del mito imperial se hubiera mantenido intacta.
En el extraordinario libro que consagra al imperio de Carlos V, Jean-Michel Sallmann describe claramente esta dicotomía:
Que dire de l’Empire, si ce n’est qu’il était, à l’aube du XVIe siècle, la construction politique la plus extravagante d’Europe ? En théorie, l’Empire en tant que tel n’existait pas. L’Empire incarnait avant tout une dignité, le pouvoir à la prétention universelle de l’empereur, souverain temporel de la Chrétienté, successeur des empereurs romains. Si, en droit, le mot est fort, il l’était beaucoup moins dans la réalité, car les empereurs eurent rarement l’occasion de faire respecter leur pouvoir universel. L’existence de l’Empire reposait sur le mythe politique d’un transfert de la dignité impériale des Romains vers les Francs, puis vers les Allemands. […] Bien que l’Empire évoluât vers une appartenance de plus en plus stricte à l’aire de culture germanique, le mythe de l’empire universel restait vivace. Beaucoup en Occident attendaient de l’empereur qu’il régénère la Chrétienté, et l’image de l’empereur des derniers temps rattachée à l’Apocalypse suscitait l’espérance de ceux qui désiraient réformer l’Église romaine[10](c).
De esta manera, se conjuga por un lado un título imperial muy prestigioso, y por el otro, una falta de poder efectivo, dado que el imperador sólo puede contar con recursos limitados de sus Estados patrimoniales.
Esta dicotomía se encontraba destinada a desaparecer siempre que la dignidad imperial llegara a manos de un príncipe capaz de unir a la potencia simbólica del título, la potencia efectiva de los medios materiales. Esto lo había percibido perfectamente el príncipe poderoso que era Francisco I, y por ello luchó con saña para obtener el título de emperador. Sin duda, aquel rey tremendamente poderoso y cristiano nunca se hubiera comprometido en una lucha tan encarnizada por un título vacío de sentido, si éste no le hubiera traído nada. No se debe subestimar en ningún caso la fuerza simbólica del título de emperador[11].
Carlos poseía, como Francisco I, numerosos territorios, y por lo tanto, una potencia económica y militar capaz de volver a dar al título imperial un alcance material. Pero además, poseía grosso modo la mitad de Italia, cuna del Imperio romano, y unos territorios americanos cuya expansión exponencial había inducido a Cortés a proponer a su rey un nuevo título de emperador. Cuando se elige a Carlos como emperador, los diversos sentidos del término “imperio” se encuentran reunidos de nuevo: este nuevo imperio es en primer lugar el heredero del Sacro Imperio romano puesto que su emperador ha sido elegido y luego coronado por la gracia de Dios. Además, por la gran cantidad de territorios gobernados, se le otorga también el título de « señor del mundo » en conformidad con el derecho romano. Por último, su extensión le confiere el sentido nebuloso, pero que acabará por imponerse en el siglo XVI, de inmensa superficie de territorios gobernados por un único hombre. El imperio de Carlos V deviene así imperio en todos los sentidos del término, y en esto es diferente de los imperios alemanes de su abuelo Maximiliano y de su hermano Fernando, cuyo parecido con un imperio se restringía al título imperial.
Esta potencia a la vez política, militar y simbólica, explica la fastuosidad de las festividades del coronamiento en Roma. Como lo escribe Juan Carlos de Amico en su excelente libro consagrado al coronamiento imperial de Carlos V:
Le couronnement à Bologne de Charles Quint en 1530 est un moment essentiel pour l’épanouissement du mythe impérial et des théories universalistes attachées à l’idée d’Empire universel. Grâce à des circonstances, fortuites mais convergentes, qui permettent à un seul homme de régner sur un immense territoire, ce mythe, qui liait le passé glorieux d’un âge d’or à l’espoir d’une rénovation impériale, connaîtra un développement sans précédent[12] (f).
Así, bajo Carlos V surgía un nuevo imperio, que revitalizó los diferentes sentidos del término tradicional, respondiendo a su vez a las aspiraciones y creencias de un presente que contribuyó, por su propia existencia, a modelar profundamente.
2. Las palancas de la construcción del imperio
Lo hemos visto, la conjunción del título imperial y los territorios heredados a través de la persona de Carlos V permite reunir todos los elementos de un nuevo y poderoso imperio. Sin embargo, la construcción de éste no deriva por su propio peso.
En efecto, España, a la que ya ha costado aceptar a ese príncipe extranjero frente a su hermano Fernando, criado en España por su abuelo el Rey Católico, se opone a éste vigorosamente. En este sentido, ya en 1518 el rey debió soportar la afirmación de las Cortes sobre el hecho que el rey estaba a su servicio, y no lo contrario (« nuestro mercenario es »), mientras que cuando apenas había abandonado España para acudir a Aix-la-Chapelle donde recibió su nuevo título, estallaba la revuelta de los Comuneros.
Pese a ésto, el imperio cuajó. Pese a la heterogeneidad remarcada, la tradición política de cada uno de los conjuntos del imperio de Carlos V aseguraba a su príncipe las herramientas para gobernar la diversidad.
Mientras que los Países Bajos se mantenían como una constelación de provincias autónomas, España misma era la unión de dos coronas, entre las cuales una tenía una antigua tradición de gestión descentralizada (Aragón), mientras que la otra estaba aprendiéndola. En síntesis, Carlos podía aplicar al conjunto de sus territorios los principios de organización y de gobierno empleados por cada uno de los conjuntos que lo componían: el respeto absoluto y escrupuloso a las organizaciones y poderes políticos locales[13] y la instauración de una organización administrativa y política relativamente centralizada que permitía al emperador un ejercicio efectivo y coherente del poder, y eso pese a su ausencia y a las enormes distancias. Pero más allá de la organización administrativa del conjunto, nos parece que el imperio se construye a partir de dos elementos esenciales: la religión y el conflicto.
La religión es el primer elemento constitutivo del imperio de Carlos V, en el sentido de que es el propio fundamento de la tradición en la que éste asienta sus raíces. Siendo el emperador el brazo armado de la Iglesia, y encontrándose su autoridad sacralizada por el coronamiento, su poder reviste una dimensión religiosa de la cual Carlos hace el propio fundamento de su poder. Así, en 1548, escribe a su hijo Felipe:
Y así, por principal y firme fundamento de vuestra buena gobernación, debéis siempre concertar vuestro ser y bien de la infinita benignidad de Dios, y someter vuestros deseos y acciones a su voluntad, lo cual haciendo con temor de ofenderlo, tendréis su ayuda y amparo, y acertaréis, lo cual convendrá para bien reinar y gobernar[14].
Se trata justamente del proceso de sacralización del poder político que describe Michel Senellart en el libro Les Arts de gouverner[15]. Pero, además de esta dimensión sagrada que es consubstancial a la dignidad imperial, Carlos V se beneficia de la esperanza milenarista, compartida por la cristiandad entera, de un nuevo imperador, el emperador del fin de los tiempos, el que debe cumplir la profecía de llevar al conjunto de la humanidad hacia la única fe verdadera, según el versículo evangélico, « Fiet unum ovile et unus pastor ». De este argumento se sirvió el obispo Mota para convencer a las Cortes de la necesidad de aceptar el título imperial[16]; siendo éste el mismo que usaron los consejeros de Carlos al día siguiente la batalla de Pavía[17]. El pueblo español era particularmente sensible a ese tipo de argumentos. En efecto, Fernando el Católico ya los había usado considerablemente para reunir a los nobles en torno a él en la conquista de Granada. De la misma manera, el argumento era retomado para explicar y pensar la conquista de América y la conversión de los indios como una exigencia necesaria ante la inminencia del fin de los tiempos[18]. Por lo tanto Carlos pudo aparecer como aquel emperador, aquel soberano universal al que Dante ya llamaba en la Monarchia para realizar la paz universal, y fue en esa misma perspectiva cómo Gattinara saludó su elección[19].
El segundo elemento de cohesión del imperio es el conflicto. El imperio creció en cohesión al ritmo de los conflictos que le opusieron a otras potencias.
El más frontal de esos conflictos, y el único que reivindicó el propio Carlos, fue el que le opuso al imperio otomano. Este conflicto mezcla dos desafíos: por una parte, permite al Imperio moderno abrazar el discurso de la cruzada, confirmando así en la retoma del antiguo tema de la lucha contra los infieles el sentido religioso del advenimiento del « único pastor »; por otra parte, más allá del argumento religioso de la cruzada, Carlos se encuentra concretamente enfrentado con la necesidad de defender Europa frente a la ola imperialista otomana. Ésta se estructuraba en torno a dos ejes: la frontera oriental de Europa y el mar mediterráneo. Así, la Europa oriental soportaba regularmente los ataques de los ejércitos otomanos que ascendían por el Danubio: en 1521 el turco[20] toma Belgrado y en 1526, Budapest. En 1529, Viena es asediada, aunque la ofensiva otomana sea finalmente neutralizada por las tropas de Fernando; mientras que en 1532 el propio Emperador encabeza el ejército que expulsa a las tropas otomanas de la ciudad austriaca.
Ocurre lo mismo en el frente mediterráneo. Barba Roja, tras tomar Argel en 1516, ataca regularmente las costas italianas y españolas. La amenaza es constante, y los españoles exigen que su rey, encabezando un imperio tan poderoso como el del turco, le ponga término[21]. Sin embargo, y pese a la significativa victoria de Túnez en 1535, la política mediterránea no supuso nunca un verdadero éxito para Carlos. Al contrario de Fernando el Católico quien había convertido la política mediterránea en una verdadera prioridad[22], Carlos nunca pudo consagrarse a ella tanto como lo demandaban sus súbditos españoles y como él mismo decía desearlo pidiendo regularmente la unión de todos los príncipes cristianos contra el imperio otomano para consumar la última cruzada.
Pese a que en el ámbito militar el imperio de Carlos no salió reforzado de ese enfrentamiento y tuvo que contentarse con adoptar una actitud defensiva, la propia confrontación resulta en sí misma significativa:
Ambos [Carlos y Solimán] eran dueños de unos imperios que pretendían rivalizar territorialmente con el propio romano de la Antigüedad. Ambos decían defender por encima de todo su religiosidad. Pues Carlos V manifestaba que su finalidad última era la defensa de la Cristiandad que quería imponer sobre todo. Por su parte, Solimán, más incluso que ser el jefe del islamismo con el concepto de sultán-califa que no era perfectamente el adecuado en aquel momento – sí lo había sido en el sentido de los Omeyas o de los Abasidas – era un soberano con un atributo mesiánico de su poder[23].
La tensa relación entre ambos príncipes, quienes reivindican por igual la herencia del imperio romano, se mantiene como un poderoso factor de afirmación de la dimensión imperial de cada uno de ellos: Carlos versus Solimán, el imperio de Carlos frente al imperio otomano.
Pero el conflicto no sólo proviene del exterior; sino también, y sobre todo, del interior. Aunque parece fácil concebir cómo el imperio de Carlos podía ganar en coherencia y en potencia por oposición al de Solimán, por el contrario parece más dificultoso entender cómo los conflictos internos a la Cristiandad, que el imperio debía sino aglutinar cuanto menos federar, lo confortaron y reforzaron.
El conflicto con Francia (y en menor medida con Inglaterra) que se opone a este nuevo imperio se fundamenta en la afirmación Rex in regno suo est imperator. En efecto, en la Edad media los soberanos leoneses y castellanos se habían opuesto a cualquier tentativa de ingerencia fundamentándose en una jurisdicción supuestamente superior y reivindicando la calidad de imperium para su reino; asimismo, Francisco I nunca llegó a aceptar la supremacía de Carlos V, arguyendo que como rey de Francia, él mismo era “emperador en su reino”. Como tal, el muy poderoso rey de Francia no podía aceptar la superioridad simbólica del emperador, ni el título de jefe de la Cristiandad reivindicado por éste. La historia del conflicto que opuso a ambas potencias, conocido bajo el nombre genérico de « guerras de Italia »[24], se saldó en provecho de Carlos. ¿Por qué Italia? Porque Italia constituía la clave de la hegemonía en Europa. Así lo había remarcado de inmediato el canciller Gattinara en el escrito que dirigió a Carlos después de su elección:
Dios os ha mostrado tal gracia y os ha dispensado tan alta suerte, que habéis alcanzado a tan temprana edad tantos reinos y heredades por legítimo derecho de sucesión y sin oposición, que os tienen por el rey más poderoso de la Cristiandad entera. A elle se añade ahora la excelsa dignidad imperial, que llega a vuestras manos por rigurosa elección unánime, y jamás ha habido un emperador cristiano al que se le haya regalado un comienzo con mejores auspicios. Ni siquiera Carlomagno tuvo tan buen comienzo, ni poseyó jamás tantos dominios y reinos como Vos llamáis ahora vuestros. Por eso debéis estar en guardia de no dejar pasar esta fortuna, y no os apartéis de ella. Y como Italia es el mejor fundamento que podríais obtener de este imperio para preservarlo y multiplicarlo, para ganar en prestigio y veros ensalzado en todos vuestros asuntos y libre de la coacción de todas las circunstancias, es razonable meditar primero los asuntos de Italia antes de volcarse en alguna otra empresa más difícil, con la que es patente que os veríais abocado a una nueva coacción : en lugar de gobernar como emperador os enredaríais en dependencia de vuestros súbditos, perdiendo con ello vuestro honor y vuestra reputación. Sea quien fuese quien os aconseje dejar a un lado Italia para emprender otra cosa en otro lugar, no haría sino aconsejaros para vuestra perdición, amén de vergüenza y oprobio[25].
Italia se distingue así como la pieza clave del poder para un príncipe de la época. Francisco I, quien no puedo evitar que el título imperial recayera en Carlos, estaba decidido a barrarle el camino de la hegemonía política y militar impidiéndole reinar como señor de Italia. Las guerras se extendieron a lo largo del reinado de Carlos y no finalizaron verdaderamente sino tras la firma del tratado de Cateau-Cambrésis en 1559. Este tratado ratificó el dominio español sobre Italia: España no sólo no había sido verdaderamente importunada por la posesión de Nápoles; sino que además la cuestión de Milano, punto neurálgico del equilibrio de fuerzas en Europa, se resuelvió a favor de España. Pese a sus esfuerzos, Francia además de fracasar en su intento de expulsar a Carlos de Italia, perdió toda influencia en la zona. Por el contrario, el imperio de Carlos sale reforzado de este proceso, asegurándose el control de esta pieza maestra del tablero político europeo.
Un segundo conflicto fundamental es aquel que opone a Carlos y los príncipes alemanes. Un conflicto de dimensiones religiosas, claro, aunque sobre todo políticas. En este sentido, aunque la obtención del título imperial conformaba el grueso de la potencia simbólica subrayada anteriormente, la relación con los príncipes alemanes no se desprendía, en ningún caso, de manera automática, ya que éstos no pensaban someterse a Carlos en mayor medida de lo que se habían sometido a su abuelo. En este contexto, la disidencia religiosa promovida por Lutero adquiere muy rápidamente una dimensión política fundamental. Jean-Michel Sallmann resume este punto muy lúcidamente:
Luther eut la chance de se trouver au bon endroit au bon moment et il put profiter des divisions politiques du Saint Empire au moment de l’interrègne de 1518-1520. […] Mais à l’inverse, les princes allemands, soucieux d’élargir leur autonomie face à l’autorité impériale et aux prétentions pontificales utilisèrent la Réforme avec profit, au risque parfois d’en perdre le contrôle[26] (i).
De esta manera Lutero se erigió como elemento incitador o unificador de una resistencia multiforme (religiosa, social, política) que acabó tomando la forma de una verdadera revuelta por parte de cierto número de príncipes alemanes. Por su parte, Joseph Pérez propone 1541 como fecha clave a partir de la que Carlos debe asumir la fractura religiosa y resignarse en la búsqueda de conciliación política a fin de salvar su propia autoridad[27]. Para ello, el emperador proclamaba en 1548 el Interim de Ausgburgo que intentó posibilitar la coexistencia de las dos confesiones, restableciendo el culto católico en los lugares donde había sido suprimido y permitiendo a los luteranos el ejercicio del suyo. Esta solución no convenció a nadie, convirtiéndose en el golpe de gracia contra el poder de Carlos en Alemania[28], y contra su crédito europeo. A tenor de este devenir, parece que Carlos fracasó absolutamente en Alemania, especialmente dado que los Estados alemanes y el título imperial acabaron en manos de la rama austriaca de los Habsburgo fundada por Fernando, el hermano menor de Carlos. Sin embargo, nos parece que más allá de la pérdida del título imperial, cuya fuerza simbólica y por lo tanto política hemos subrayado anteriormente, ese conflicto permitió que el resto de los territorios de Carlos estrecharan filas en torno a su emperador. En ese movimiento, España desempeño un papel cada vez más decisivo en la política de Carlos, y en particular en su lucha contra el luteranismo. Esto explica que los territorios que debía heredar el futuro Felipe II se conocieran bajo el nombre de “monarquía española”.
El último conflicto, aparentemente fratricida y que contribuyó sin embargo de manera crucial a dar forma al imperio de Carlos V es el que le opuso al papado. Poco después de la elección de Carlos como emperador, se elige a Adriano de Utrecht, antiguo consejero del emperador, para ocupar el trono de San Pedro. Esta coincidencia despertó la esperanza de ver a las dos cabezas de la Cristiandad unidas por el deseo de extender la fe al conjunto de la humanidad y así preparar el fin de los tiempos. Aunque la esperanza duró poco ya que Adriano murió al año siguiente. El vínculo que mantuvo Carlos con los sucesores de Adriano se mantuvo variable en relación hombres y circunstancias políticas concretas, aunque constituyó en todo caso una relación en la que la dimensión política se impuso decididamente a la dimensión religiosa. La rivalidad con el papado -inherente a la dignidad imperial- se ve amplificada por la dimensión de los territorios de Carlos, pero también por el hecho de que los Papas del Renacimiento deseen reforzar la dimensión temporal de su cargo. En este contexto, la dimensión espiritual parece no haber sido más que un arma en la batalla política. Así, a consecuencia del saqueo de Roma de 1527, que debía ser justificado a cualquier precio frente a una Europa escandalizada, la propaganda imperial no vaciló en presentar a Clemente VII como el Anticristo[29]. Por otro lado, el papa Pablo IV no vaciló ni en suspender el concilio de Trento en aras de perjudicar al Emperador, ni en amenazarle posteriormente con excomulgarle.
Sin embargo, una vez más, nos parece que esta fuerza centrífuga acabo por reforzar el poder del emperador. Así, más allá del efecto de la propaganda imperial, en particular después del saqueo de Roma y del enfrentamiento con el Papa Pablo IV, la tensión con el papado induce a los filósofos imperiales a ir más allá en la conceptualización, si no de una autonomización del poder político, al menos de una compartimentación clara de las capacidades, desde la que se restringe la superioridad del Papa exclusivamente al campo religioso, convirtiéndolo en un príncipe entre otros en la esfera temporal. En los hechos, ésto significa dejar las manos libres al emperador frente a las provocaciones del papa. Es el caso de la Lección sobre el poder político y las Lecciones sobre el poder de la Iglesia del dominicano Francisco de Vitoria. En cuanto a Melchor Cano, consultado por el Emperador quien se encontraba molesto por la virulencia de los ataques del papa Pablo IV, éste respondió, dejando de lado la teología que profesaba[30], que puesto que el Papa actuaba como príncipe temporal, el Emperador debía contestarle como a cualquier otro príncipe temporal que se hubiera atrevido a desafiar su autoridad y amenazar sus posesiones. En definitiva, una vez más, aparece el conflicto como terreno central que refuerza al poder imperial.
3. El balance: la emergencia de la Europa moderna
Generalmente el balance del último emperador se interpreta de manera negativa. Los últimos años del reino de Carlos V transcurrieron en un ambiente de « fin de reino »[31], hasta tal punto que Jean-Michel Sallmann no vacila en titular el último capítulo de su obra « La chute » y que John Elliot habla de « liquidación del imperialismo carolino ». Al fracaso del Interim como solución pacífica y la imposibilidad para el concilio de salvar la brecha abierta entre protestantes y católicos, se añade el acceso al trono de Francia de Enrique II, quien emprende una política abiertamente agresiva contra el imperio, la cual encuentra además un eco favorable en el Papa Pablo IV (1555-1559). Asimismo el pacto de familia concluido en 1551 entre Carlos y Fernando provoca que el imperio vuelva a encontrarse con sus límites germanos a raíz de que el título imperial acabara recayendo en Fernando[32]. La pérdida de la transmisión de título imperial para el hijo de Carlos y la vuelta del Sacro Imperio romano a los límites de los países germánicos parece en efecto un tremendo fracaso. Imperio disgregado, cisma religioso que se pudo impedir[33]. Carlos aparece frustrado en sus dos objetivos principales, la defensa de sus territorios y la preservación de la unidad de la fe: ni puedo transmitir la totalidad de las herencias recibidas, ni pudo evitar que su hijo fuera privado del aspecto más prestigioso de su herencia, el título imperial.
Sin embargo, aunque parece innegable que desde el punto de vista simbólico, Felipe sufre una pérdida muy real[34] no consiguiendo guardar para sí el título imperial, no podemos olvidar que éste recibe de su padre un conjunto aún más extenso que el de 1519, debido a la expansión en América y a la inclusión definitiva de Milano en la esfera de influencia española. Este conjunto de territorios es a su vez más extenso, y profundamente coherente; aliviado del peso centrífugo que suponía la Alemania protestante, resta mayoritariamente católico, y compuesto de conjuntos territoriales que en cierto modo han aprendido, durante cuatro décadas, a pensarse como partes de un mismo conjunto. Para los Países Bajos, España, América, y hasta Italia, el establecimiento en el trono del hijo del legítimo soberano parece desprenderse por su propio peso. En consecuencia Felipe hereda un imperio que aunque ya no lo sea en sentido jurídico, sigue siéndolo en el sentido que ha acabado por imponerse en el siglo XVI: el de una inmensa extensión de territorios gobernados por un único hombre. El título y la poderosa virtualidad propios al título de Emperador ya no existen, pero Felipe hereda precisamente el fruto de esta virtualidad política realizada por su padre durante más de cuarenta años.[35]En este sentido, Felipe hereda un imperio de facto. Un imperio legado por su padre, que se ha trasformado para sobrevivir mejor; y cuyo eje de decisión pasaba a situarse en España. Imperio que se conoce desde entonces como Monarquía española, o Monarquía católica.
Además, si observamos atentamente, al lado del imperio de Felipe II continúan afirmándose los estados nacionales. Aquí radica precisamente la otra herencia fundamental del imperio de Carlos V.
En el artículo « La idea imperial en la España medieval », Dolores Carmen Morales Muñiz muestra cómo los reyes leoneses adoptaron el título de imperator para afirmar mejor su autoridad frente a los poderes rivales, y cómo el reino castellano-leonés pudo constituirse en gran parte gracias a eso[36]. Aquella reivindicación del título imperial fue un medio utilizado por estos reyes para poner de manifiesto la idea-fuerza de unidad del conjunto que gobernaban. Esto es precisamente aquello que intentó cumplir Carlos, y antes de él todos sus predecesores; así como los soberanos de los Estados nacionales emergentes quienes procuraban mantener (al mismo tiempo que su expansión eventual) la unidad de sus territorios. Y para conseguirlo no vacilaron en apropiarse de los símbolos del poder imperial, como lo muestra F. A. Yates[37], ni en reivindicar la dimensión imperial y universal de su poder.[38] En síntesis, del mismo modo que Carlos no había vacilado en mostrar, para afirmar su poder, todos los símbolos del poder imperial en el momento altamente simbólico de su coronamiento en Bolonia en 1530, asimismo los reyes de los Estados nacionales emergentes no vacilaron en apropiarse estos mismos símbolos y reivindicar la universalidad de su poder para resistir de la mejor manera posible al poder imperial de Carlos V, y luego de Felipe II, y por tanto, para preservar mejor su unidad.
* * *
Junto al efecto de los borrosos contornos de la noción de imperio, el hecho de que el título imperial no recayera en el heredero de Carlos V contribuye a distorsionar la percepción del post-Carlos, dando lugar a interpretaciones desfasadas –o por lo menos a punto de serlo-, que conciben al imperio de Carlos V como una empresa vana y anacrónica, « quijotesca », en palabras de Menéndez Pidal. Por nuestra parte, esperamos haber mostrado que el Imperio lejos de perecer por anacronismo, nunca pereció, transformándose en 1557 con el fin de sobrevivir mejor. En este sentido, el imperio de Carlos V no fue la expresión de aspiraciones anacrónicas, sino, por el contrario, la afirmación de aquellos ideales que desembocaron en la constitución, a partir de finales del siglo XVII, de los Estados-nación. Fue el espejo en el que esos Estados se miraron y la oposición por la cual se afirmaron. Por ello el imperio de Carlos V fue una construcción política original, hija de los ideales de su tiempo, y un formidable catalizador de los Estados modernos.
Bibilografía
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Notas
[1] Sólo citemos aquí la excelentísima recopilación de artículos de P. Fernández Albaladejo, 1992.
[2] « Charles Quint s’est épuisé à tenter sinon de résoudre au moins d’assumer cette situation dichotomique, à concilier l’inconciliable, finalement, l’unité et la diversité, le singulier et le pluriel ; d’autant plus que cette époque, si particulière, de transition entre deux ères (Moyen Âge et Temps modernes), que fut la Renaissance voyait se renforcer les “nationalités”, donc les particularismes et, partant, la diversité en opposition croissante avec un certain universalisme médiéval qui survivait dans ce premier XVIe siècle » (a), Michèle Escamilla, 2005, p. 145.
[3] J. Elliot, 2000, vól. 5, p. 703.
(a) « Carlos V se agotó en el intento si no de resolver, al menos de asumir esta situación dicotómica: conciliar de una vez por todas lo inconciliable, unidad y diversidad, lo singular y lo plural. Especialmente en cuanto el Renacimiento -aquella época tan particular de transición entre dos eras (Medioevo y Tiempos modernos)- veía reforzarse las “nacionalidades”, y por lo tanto los particularismos y, con ello, la diversidad en oposición creciente con cierto universalismo medieval que supervivía en aquel primer siglo XVI ». (NDT)
[4]Así, escribe Joseph Pérez : « Aparentemente, esta política se nos presenta como “un fruto tardío del Medioevo” ; intuición que corrobora la ausencia de América dentro del concepto imperial, y esta ausencia “revela por sí sola la vivencia en la mente carolina de una universitas medieval” que, en el siglo XVI, ya no era más que un recuerdo. Pero, por otra parte, la idea imperial de Carlos V se nos figura como una anticipación fecunda de la especificidad de Occidente, anticipación de los vínculos culturales y morales que la posteridad habría de potenciar y que en el siglo en que nos toca vivir cobran singular trascendencia. Éste es, a mi modo de ver, el legado de Carlos V a la historia universal », J. Pérez, 2004, p. 105.
[5] J. Elliot, 2000, p. 703-704.
[6] Así, escribe H. Lapeyre : « Ainsi se préparait une extraordinaire conjonction de forces politiques que les Rois Catholiques n’avaient pas incluses dans leurs projets. Car si le double mariage avec la maison de Habsbourg avait pour but évident de faire pièce à la maison de France […] il n’avait pas été prévu que tous les héritages s’accumuleraient sur la même tête » (b), citado por Charles Chenu, 1973, vól. 1, p. 54.
[7] En efecto, en 1519, fecha de la elección imperial de Carlos, Hernán Cortés conquista el imperio azteca. La conquista del imperio inca tiene lugar al principio de los años 1530 por Pizarro. Cortés escribe a Carlos un año más tarde: « he deseado que vuestra alteza supiese las cosas de esta tierra, que son tantas y tales que […] se puede intitular de nuevo emperador de ella, y con título y no menos mérito que el de Alemaña, que por la gracia de Dios vuestra sacra majestad posee », Hernán Cortés, Cartas de relación, en C. Val Julián et O. Mazín (dir.), 1995, p. 93.
[8] Sobre este punto, ver en particular G. Galasso, 1994.
(b) « De esta manera se preparaba una conjunción extraordinaria de fuerzas políticas que los Reyes Católicos no habían incluido en sus proyectos. Puesto que, aunque el doble matrimonio con la casa de Habsburgo tenía como meta obvia imponerse a la casa de Francia […], no se había previsto que la herencia en su totalidad se acumulara sobre la misma cabeza ». (NDT)
[9](c) ¿Qué decir del Imperio, sino que era, a principios del siglo XVI, la construcción política más extravagante de Europa? En teoría, no existía el Imperio como tal. El Imperio encarnaba ante todo una dignidad, el poder respecto a la pretensión universal del emperador, soberano temporal de la Cristiandad, sucesor de los emperadores romanos. Aunque, en derecho, la palabra es fuerte, en la realidad lo era mucho menos, puesto que los emperadores tuvieron escasamente la ocasión de hacer respetar su poder universal. La existencia del Imperio se fundamentaba en el mito político de un traslado de la dignidad imperial desde los romanos hacia los francos, y luego hacia los alemanes. […] A pesar de que el Imperio evolucionó hacia una pertenencia cada vez más estricta al área de cultura germánica, el mito del imperio universal aún se mantenía vívidamente. Muchos en Occidente esperaban del emperador que regenerara la Cristiandad, y la imagen del emperador de los últimos tiempos vinculada con el Apocalipsis suscitaba la esperanza de los que deseaban reformar la Iglesia romana. (NDT)
Mucho se insistió en el papel de Gattinara en la concepción de este imperio como tal. Sobre este tema ver J. M. Sallmann, 2000, p. 94; P. Fernández Albaladejo, 1992, p. 64 y sq.
[10] J. M. Sallmann, 2000, p. 55-56.
[11] « […] nous n’avons pas affaire à l’histoire d’une institution mais bien plutôt à celle des rapports qu’entretient une institution avec une idée, une idée-force, l’un des thèmes dominants du devenir humain » (d). Legada por los filósofos griegos a la inteligentsia latina, había realzado la comunidad de los hombres obedeciendo a la razón universal, comunidad cuyo Estado creado por los romanos aseguraba la cohesión y la defensa; tras la conversión de Constantino, el orbis romanus había devenido orbis christianus; Dios era el protector de ello y su lugarteniente en la tierra, el emperador, cumplía a la vez una misión política y religiosa. Cuando en Occidente las invasiones bárbaras hubieron destruido el Imperio romano, su imagen, idealizada por la nostalgia, lejos de desvanecerse, se hizo cada vez más luminosa; en un mundo donde dictaba la violencia dictaba su ley, el recuerdo de un orden regido por la justicia era cultivado como lo puede ser la garantía de un porvenir mejor; así nació « le mythe où la chrétienté romaine retrouvait l’unité foncière dont elle rêvait et qu’elle croyait conforme au plan de Dieu » (e) F. Rapp, 2000, p. 8.
[12] J. C. d’Amico, 2004, p. 10.
(d) « […] no tenemos que dedicarnos a la historia de una institución sino más bien a la de las relaciones que mantiene una institución con una idea, una idea-fuerza, uno de los temas dominantes del devenir humano ». (NDT)
(e) « el mito en el que la cristiandad romana volvía a encontrar la unidad fundamental con la que soñaba y que creía conforme al plan divino». (NDT)
(f) El coronamiento en Bolonia de Carlos V en 1530 es un momento esencial para la expansión del mito imperial y las teorías universalistas apegadas a la idea de Imperio universal. Gracias a unas circunstancias fortuitas pero convergentes, que permiten a un único hombre reinar sobre un inmenso territorio, aquel mito, que vinculaba el pasado glorioso de una edad de oro con la esperanza de una renovación imperial, conocerá un desarrollo sin precedente. (NDT)
[13] Notemos de paso que este punto, que es a menudo interpretado como la prueba de la concepción patrimonial que Carlos tenía de sus territorios (sobre este punto ver J. Elliot, 2000, p. 176), responde perfectamente a las recomendaciones que Maquiavelo dirige en el Príncipe al nuevo príncipe que tiene que gobernar los territorios donde no puede vivir.
[14] M. Fernández Álvarez, 2003, p. 570.
[15] « Il semble que, humiliant le roi à défaut de pouvoir s’en passer, cette conception [l’augustinisme politique] tende à ruiner son prestige. C’est l’inverse qui s’est produit : elle a contribué à le renforcer considérablement en l’investissant d’une dimension sacrale, mais surtout – et ce point est capital – elle a dissocié le roi de son corps naturel, impétueux et violent, pour le lier, par la grâce de l’onction, à un corps, métamorphosé, rayonnant d’une vie neuve » (g), en M. Senellart, 1995, p. 97-98.
(g) « Parece que humillando al rey a falta de poder arreglárselas sin él, esta concepción (el agustinismo político) tiende a arruinar su prestigio. Se produjo lo contrario: contribuyó a reforzarlo considerablemente invistiéndole de una dimensión sacra, pero sobre todo – y este punto es capital – disoció al rey de su cuerpo natural, impetuoso y violento, para ligarle, por la gracia de la unción, a un cuerpo, metamorfoseado, resplandeciendo de una vida nueva ». (NDT)
[16] « Muerto el enperador Maximiliano, dino de ynmortal memoria, ovo grand contienda en la elección del Inperio, y algunos lo procuraron, pero quyso e mandolo Dios que syn contradiçión cayese la suerte en su Magestad, y digo que lo quyso Dios y lo mando asi por que hierra a mi ver quyen piensa ny cree quel inperio del mundo se puede alcançar por consejo, industria ny dilingencia humana, solo dios es el que lo da y puede dar lo qual su Magestad, no solamente como Católico Principe, y dando gracias a Dios acebtó […] pero acebtó este inperio con obligación de muchos trabajos y muchos caminos, para desviar grandes males de nuestra religion cristiana, que si començara nunca oviera fin, ni se pudiera en nuestros dias enprender la enpresa contra los infieles enemigos de nuestra santa fee Catolica, en la cual entiende con el ayuda de Dios enplear su Real persona », Discurso del obispo Mota ante las Cortés de Castilla, reunidas en la Coroña en 1520, en El Alaoui, Youssef (ed.), 2004, p. 72 sq.
[17] A raíz de la victoria, la misión providencial del Emperador es afirmada oficialmente por su cancillería.
La narración de la batalla que Valdés hizo imprimir por orden del Consejo, y que sin duda redactó él mismo, termina con este arranque profético : « Parece que Dios milagrosamente ha dado esta vitoria al Emperador para que pueda no solamente defender la cristiandad y resistir a la potencia del turco, si osare acometerla ; mas asosegadas estas guerrras ceviles (que así se deben llamar, pues son entre cristianos), ir a buscar los turcos y moros en sus tierras ; y ensalzando nuestra sancta fe católica, como sus pasados hicieron, cobrar el imperio de Constantinopla y la casa sancta de Jerusalem que por nuestros pecados tiene ocupada. Para que como de muchos está profetizado, debajo deste cristianísimo príncipe todo el mundo reciba nuestra sancta fe católica, y se cumplan las palabras de nuestro Redemptor : Fiet unum ovile et unus pastor », en M. Bataillon, 1995, p. 226-227.
[18] Así, el fraile dominicano Toribio Motolinía expresó al emperador la urgencia de la conversión de los indios ante el acercamiento del final del mundo, oponiéndose en esto a las críticas de Las Casas : « […] dice el Señor que será predicado este Evangelio en todo el Universo antes de la consumación del mundo. Pues a V. M. conviene de oficio darse prisa que se predique el santo Evangelio por todas estas tierras; y los que no quisieren oír de grado el santo Evangelio de Jesucristo, sea por fuerza, que aquí tiene lugar aquel proverbio: “Más vale bueno por fuerza que malo de grado” », Carta al emperador Carlos V, 2 de enero de 1555, en C. Val Julián & O. Mazín (dir.), 1995, p. 215.
[19] « Sire, Dieu vous a comblé de ses grâces, il vous a élevé au-dessus des rois et princes chrétiens jusqu’à une puissance telle qu’aucun souverain n’en a détenu depuis votre ancêtre Charlemagne. Il vous a mis sur le chemin de la monarchie universelle, et de l’unification de la chrétienté toute entière sous un seul pasteur » (h), citado por F. A. Yates, 1989, p. 49.
(h) « Majestad, Dios os ha colmado de sus gracias, os ha elevado por encima de los reyes y príncipes cristianos hasta un poder tal que ningún soberano lo ha detentado desde vuestro ancestro Carlomagno. Os ha puesto en el camino de la monarquía universal, y de la unificación de la cristiandad entera bajo un único pastor ». (NDT)
[20] “El turco” remite a una de las formas con las que en la época se conocía al Imperio Otomano (NDT).
[21] « El aumento del peligro turco en el Mediterráneo occidental iba de hecho a dejar una huella decisiva en el carácter y el desarrollo de la España del siglo XVI. La Europa de Carlos v se veía enfrentada a un poderoso Estado específicamente organizado para la guerra, un Estado que poseía recursos monetarios y hombres a escala imperial. La amenaza para España era clara y obvia […] España se hallaba en la primera línea de batalla y constituía un bastión natural de Europa contra un ataque turco. Es aquí donde interviene oportunamente el imperialismo carolino. Se necesitaba un imperio para hacer frente al ataque de un imperio », en J. Elliot, 1965, p. 178.
[22] Al respecto, Fernando I se encontraba apoyado por el cardenal arzobispo de Toledo Jiménez de Cisneros, quien pensaba prolongar la reconquista hasta las costas africanas y desde allí hasta los Lugares Santos. Lejos de contentarse con la mera declaración de intenciones, Cisneros había comandado su propio ejército, entrando él mismo, en 1509, en Oran temporalmente reconquistada.
[23] E. Belenguer, 2002, p. 324.
[24] Sobre este punto ver J.-L. Fournel y J.-C. Zancarini, 1994.
[25] Citado en A. Kohler, 2000, p. 70-71.
[26] (i) Lutero tuvo la suerte de encontrarse en el buen lugar en el buen momento y pudo aprovechar las divisiones políticas del Sacro Imperio durante el interregno de 1518-1520. […] Por el contrario, los príncipes alemanes, dispuestos a luchar por la ampliación de su autonomía frente a la autoridad imperial y las pretensiones pontificales usaron la Reforma para su provecho, a veces incluso a riesgo de perder su control. (NDT)
(j) « El Interim de Augsburgo de 1548, destinado a restablecer la paz religiosa en Alemania, constituyó un error político mayor por parte de Carlos V. […] Después de haber agotado todas las vías de negociación, Carlos V había contado con la fuerza militar, pero había subestimado la capacidad de resistencia de los Estados territoriales, luteranos o católicos, que no vieron en el Interim sino un golpe de fuerza destinado a imponer el poder absolutista del emperador dentro del Imperio. A partir de 1551-1552, la situación política se volvió contra él y en algunos años, perdió el beneficio de sus esfuerzos ». (NDT)
J. M. Sallmann, 2000, p. 267.
[27] « Así pues, hasta 1541 se han llevado a cabo varios intentos de conciliación para evitar la ruptura definitiva entre protestantes y católicos. Después de 1541, Carlos V da por consumada la división religiosa de Europa y solo procura mantener la unidad política del Imperio, primero por la fuerza (en 1547 derrota en Mühlberg a sus adversarios) y luego por vía diplomática, cosa que se realiza con la paz de Augsburgo (1555) a cambio de concesiones en el terreno religioso, concretamente la libertad dada a los príncipes alemanes de imponer la fe – sea la luterana, sea la católica – en sus estados », J. Pérez, 2004, p. 78.
[28] « L’Interim d’Augsbourg de 1548, qui était destiné à rétablir la paix religieuse en Allemagne, constitua une erreur politique majeure de la part de Charles Quint. […] Après avoir épuisé toutes les voies de la négociation, Charles Quint avait compté sur la force militaire, mais il avait sous-estimé la capacité de résistance des États territoriaux, luthériens ou catholiques, qui ne virent dans l’Interim qu’un coup de force destiné à imposer le pouvoir absolutiste de l’empereur à l’intérieur de l’Empire. À partir de 1551-1552, la situation politique se retourna contre lui et quelques années, il perdit le bénéfice de ses efforts » (j), J. M. Sallmann, 2000, p. 342.
[29] (k) « Es preciso darse cuenta de que Carlos V, tan temido y admirado en toda Europa, se descalificó completamente en algunas semanas tras el fracaso lamentable en el sitio de Metz en diciembre de 1552, y se volvió el hazmerreír de las cortes europeas ». (NDT)
Ver el Diálogo de las cosas acaecidas en Roma de Alfonso de Valdés (1527).
[30] «Ya veo que en este Parecer hay palabras y sentencias que no parecen muy conformes a mi hábito y Teología ; mas por tanto dixe al principio que este negocio requería más prudencia, que ciencia y en caso de tanto riesgo como éste do se atraviesa no sólo la pérdida de hacienda, señoríos, y crédito de Vuestra Magestad sino el peligro del mundo como entiendo los designios de Rey de Francia y del Sumo Pontífice y sus naturales condiciones ; no puedo (si no me engaño) hablar prudentemente sin hablar con alguna más libertad, que la que la Teología y profesión me daban », Melchor Cano, 1736.
[31] « Il faut bien se rendre compte que Charles Quint, si craint et admiré de l’Europe entière, fut complètement disqualifié en quelques semaines après l’échec pitoyable du siège de Metz en décembre 1552, et devint la risée des cours européennes » (k), en J. M. Sallmann, 2000, p. 343.
[32] Se decidió que el título correspondiera, tras la muerte de Fernando, a Felipe, y luego a Maximiliano, hijo de Fernando. Tanto Carlos como Fernando contaban con que el título acabara por quedarse en su familia respectiva. Los hechos dieron la razón a Fernando porque, como lo había esperado, los príncipes electores rechazaron la candidatura de un príncipe español.
[33] « La renaissance de l’impérialisme avec Charles Quint fut une renaissance illusoire. Le fait qu’il ressembla tant à un Maître du Monde était dû à la politique des mariages dynastiques des Habsbourg, qui avait réuni sous sa loi des territoires aussi vastes, et lorsque, après sa mort, Philippe II succéda à la Monarchie espagnole tandis que le titre impérial passait à une autre branche de la famille des Habsbourg, tout l’édifice imposant de l’empire du second Charlemagne s’effondra. Le caractère transitoire et irréel de l’empire de Charles Quint est l’aspect sur lesquels les historiens modernes insistent d’ordinaire […] La curieuse série de circonstances « providentielles » qui avaient paru élever le Saint Empire romain au-dessus des contre-courants du nationalisme allemand avec lequel il avait fini par s’identifier fut bientôt terminée, et le miracle s’évanouit. La désagrégation politique de l’Europe était trop avancée pour que fut possible une renaissance réelle de l’Empire médiéval » (l), en F. A. Yates, 1989, p. 78 et 86.
[34] « C’est en vain que, sous Philippe II, l’Espagne s’impose en Europe par sa puissance militaire et par le prestige de sa civilisation ; la séparation d’avec l’Empire lui fait perdre la batille de la préséance. Le roi catholique ne vient désormais qu’au troisième rang dans l’ordre protocolaire, après l’empereur et le roi très chrétien. Philippe II ne se résigne pas à ce qu’il considère comme une déchéance », J. Pérez, 1999, p. 48.
(l) El renacimiento del imperialismo con Carlos V no fue más que un renacimiento ilusorio. El hecho que éste se pareciera tanto a un Señor del Mundo se debió a la política matrimonial de los Habsburgo, quienes habían reunido estos vastos territorios bajo su ley. Cuando, después de su muerte, Felipe II asumió el trono de la Monarquía española mientras el título imperial pasaba a manos de la otra rama de la familia de los Habsburgos, el imponente edificio del imperio del segundo Carlomagno se derrumbó. El carácter transitorio e irreal del imperio de Carlos V es el aspecto sobre el cual insisten usualmente los historiadores modernos […] La curiosa serie de circunstancias « providenciales » que parecieron elevar al Sacro Imperio romano por encima de las contracorrientes del nacionalismo alemán con el que acabó por identificarse, pronto se acabó, desvaneciéndose el milagro. La disgregación política de Europa ya estaba demasiado avanzada para que fuera posible un renacimiento real del Imperio medieval.
[35] « Tras haber dispuesto para su hijo una herencia incomparablemente más manejable que la que él mismo había recibido, Carlos V regresó a España a pasar sus últimos años en la tierra que había llegado a significar para él más que cualquiera de sus otras posesiones », en J. Elliot, 1972, p. 224.
[36] D. C. Morales Muñiz, 2004, p. 15-29.
[37] Esto es lo que muestra F. A. Yates quien clausura el capítulo consagrado a la idea de imperio en Carlos V anunciando: « Le propos de ce livre, ou l’un de ses propos, est de montrer qu’il faut nécessairement commencer par étudier l’évolution de l’idée impériale au Moyen Âge (comme nous venons d’essayer de le faire brièvement dans cet essai introductif) si l’on veut analyser le comportement et le symbolisme des monarchies nationales en Europe au moment de la Renaissance. Cela est particulièrement vrai des Tudor et de leur représentant le plus illustre, la reine Elizabeth Ier. On va montrer dans l’essai qui suit, que la clé du symbolisme utilisée par la reine, la clé de la plupart des représentations sous lesquelles elle s’est présentée au monde, réside dans l’idée impériale, et en particulier l’idée de réforme impériale » (m), en F. A. Yates, 1989, p. 51.
[38] Ver P. Fernández Albadalejo, 1992, p. 169 et sq.
(m) El propósito de este libro, o uno de sus propósitos, es mostrar que para analizar el comportamiento y el simbolismo de las monarquías nacionales en Europa en el momento del Renacimiento es necesario empezar por estudiar la evolución de la idea imperial en la Edad Media (como acabamos de intentar de hacerlo brevemente en este ensayo introductorio). Esto es especialmente verdadero en el caso de los Tudor y su representante más ilustre, la reina Isabela I. En el ensayo que sigue mostraremos que la clave del simbolismo utilizado por la reina, -clave de la mayor parte de las representaciones bajo las cuales se presentó al mundo- reside en la idea imperial, y en particular en la idea de reforma imperial ». (NDT)
Para citar este artículo : Marina Mestre ZARAGOZA, « El Imperio de Carlos V: El laboratorio político de la Europa moderna », Erytheis, 3, septiembte de 2008, http://idt.uab.es/erytheis/numero3/mestre_es.html




