n° 3, Septiembre de 2008
ISSN : 1988-2882
La presencia del príncipe en los pensadores políticos clásicos: Unidad y continuidad del imperio[1]
Stéphan VAQUERO
Academia de Niza, Cerphi (UMR 5037)
Traducción de José Andres Murillo
- [ Traducción :
- fr
- ]
La ambivalencia de la noción de imperio es constitutiva del problema político en la época clásica, tal como lo formula por ejemplo Gracián: si “la sustancia indestructible del poder de la prudencia y del valor permanece”, al contrario “este primer calor nativo con el que se ha constituido el cuerpo de un imperio sólo dura un tiempo”[2]. ¿Cómo transformar, entonces, un comienzo evanescente en fundación estable y duradera, con el fin de fundar la legitimidad del imperio? El problema así enunciado es inherente al “acto de fundación”, que conlleva un “carácter radical e históricamente impensable”[3], lo que explica que un problema como éste no pueda encontrar solución en una construcción teórica, política o jurídica cualquiera. Esta solución, si existe, surge necesariamente de una “alternativa no jurídica en la génesis del cuerpo político”, es decir, de un “tipo de legitimación”[4] que intenta mantener, en su contradicción misma, las herencias que se quiere conservar y la emergencia de una modernidad que no es aún lo que será: por un lado, la legitimidad surge aún de la ejemplaridad virtuosa del príncipe, es decir, de esta “visibilidad permanente”, inscrita en “la persona misma del príncipe, al servicio de la dominación”, entonces, de una personalización del Estado, que constituye un obstáculo “ en la génesis del Estado como entidad abstracta” [5], pero que al mismo tiempo, hace visible su imperio. Por otro lado, la noción de “razón de Estado”, característica de teorías y práctica políticas en la época clásica, indica la necesidad de determinar una racionalidad de la práctica misma del gobierno, de ahí la tentativa de fundar una normatividad política autónoma que asegure la estabilidad del Imperio, independientemente del imperio del príncipe. En este sentido, no se trata simplemente de retomar una tradición política heredada de la Edad Media, sino de hacer un uso de ella, adaptado a las exigencias de la época clásica, es decir, tomar el significado de lo político, a partir de una práctica de la visibilidad que, por una parte, supone la definición de medios apropiados a su conservación, y por otra, busca determinar el lugar de una posible autonomía de lo político. Desde este punto de vista, la ambivalencia de la noción de imperio es también la solución al problema que ella misma crea: la visibilidad del imperio del príncipe no es en un principio, en la época clásica, la ejemplaridad de un poder virtuoso, sino una alternativa para pensar una presencia del príncipe, espacial y temporal a la vez, que permita constituir una unidad y una continuidad del Imperio. En este sentido, la posición de los pensadores políticos clásicos es más sutil de lo que parece, pues también se distingue tanto de la tradición medieval de los Espejos de los príncipes, como de la “modernidad” política, la que consiste en la construcción artificial y abstracta de un edificio político-jurídico, para situarse sólo en el plano del análisis de la práctica política, de la que estos pensadores intentan extraer la legitimidad de esta misma práctica. La noción de imperio* es determinante también, porque su ambivalencia permite precisamente pensar la efectividad de un imperio* que en su ejercicio mismo, mantenga y legitime la realidad del Imperio*.
En la época clásica, lo más común es pensar la presencia del príncipe a partir de la metáfora tradicional del sol. En Gracián, por ejemplo, el príncipe debe ser parecido al “sol [que] alterna los horizontes donde resplandece; [que] varía los teatros de su estallido; para que la privación en uno y la novedad en el otro mantengan la admiración y el deseo”. Así, “los Césares llevaban sus hazañas desde Roma al Oriente y volvían luego de haber iluminado el mundo al Oriente de Roma. Cada vez ellos renacían en su ser monarcas”[6]. El arte de ser príncipe consiste, entonces, en jugar con su propia visibilidad: ausentarse y representarse a fin de ser deseado y admirado. Pero si cada representación produce una visibilidad continua de la presencia del príncipe, lo que hay que saber es cómo enfrentar la efectividad de tal presencia: “es una célebre pregunta política la de saber si un príncipe debe estar efectivamente presente en el centro y en todas partes, por potencia* y por noticia*, o si como el sol, debe recorrer todo el horizonte de su imperio, aclarándolo, influenciándolo y vivificándolo en todas partes”[7]. En el primer caso, la presencia hic et nunc del príncipe es la condición de un poder efectivo: para conservarse, el imperio debe ser visible, debe ejercerse “a vista y gusto de todos, teniendo siempre la reputación como fundamento”, aunque “estar expuesto es obtener una augusta plausibilidad*”[8]. Esta es la razón por la que el príncipe, precisaba ya Rivadeneyra, debe “ir cada cierto tiempo a la corte, pues nada puede reemplazar su presencia”[9], o como lo constata igualmente Guez de Balzac, nada puede “resistir a la presencia del Rey”[10]. La presencia efectiva del príncipe es un medio para conservar esta dependencia afectiva que es la condición de su legitimidad. En el segundo caso, en cambio, la presencia del príncipe es parecida a la del sol: difusa y en todos lados al mismo tiempo, es visión o mirada, previsión o clarividencia. En este sentido, “un príncipe sagaz es un Argos real porque lo prevé todo; emula a Jano, que observa con dos rostros”; además, “un príncipe penetrante descubre más tierra de un vistazo que otros con un eterno cuidado: nada sobrepasa a aquel cuyo conocimiento es grande, y nada se esconde para aquel que todo lo penetra”[11]. La mirada del príncipe tiene la particularidad de no ser focalizada. Su “vistazo” es un “revisión general” [tour d’horizon] y como el sol, lo aclara y “penetra todo” al mismo tiempo: su mirada envolvente es el medio por el cual él mantiene omnipresente su imperio. Por eso, si el príncipe, como lo dice Quevedo, “cierra los ojos, deja su rebaño al cuidado del lobo”[12]. La previsión del príncipe, que es todo el arte de gobernar, cosiste en dormir “con los ojos abiertos”[13] o, según Naudé, en tener “muchos ojos”[14], de manera de estar presente incluso ahí donde no está efectivamente presente. Sin embargo, sea cual sea el caso, la pregunta que surge ante esta alternativa sigue siendo la misma: ¿cuál es la modalidad de presencia más adecuada para príncipe, no sólo en la conservación de su poder, sino también respecto de la unidad, e incluso la identidad del imperio en el doble sentido del término?
Según J. A. Maravall, Gracián habría sido un “precursor de la doctrina de las fronteras naturales” que están en los límites de una unidad geográfica y, por lo mismo, política[15]; El político es, en efecto, explícito en este punto:
[hay] una gran diferencia entre fundar un reino* especial y homogéneo al interior de una provincia, y componer un imperio* universal de diversas provincias y naciones. Allí, la uniformidad de las leyes, la semejanza de costumbres, una lengua y un clima, al mismo tiempo que lo unen en sí mismo, lo separan de los extranjeros. Los mismos mares, las montañas y los ríos son en Francia un límite adaptado y un muro para su conservación. Pero en lo que concierne a la monarquía de España, donde las provincias son numerosas, las naciones diferentes, las lenguas variadas, las inclinaciones opuestas y los climas contrarios, así como es necesaria una gran capacidad* para conservarla, también se requiere de mucha para unirla[16].
Gracián se encuentra aquí con uno de los problemas fundamentales de los tacitistas españoles, como lo enuncia igualmente Alamos de Barrientos: “gobernar un Imperio formado de diferentes Reynos[17] y naciones es extremadamente pesado y difícil, y, en gran parte, a merced de accidentes”[18]. Es verdad que la existencia de “límites naturales” constituye a la vez una protección contra el exterior y el principio de una unidad intrínseca del Imperio. El gobierno se ve facilitado de este modo, como lo nota Saavedra Fajardo:
La sabia naturaleza separó las provincias y las rodeó, ya sea por muros montañosos o fosas fluviales, o bien por formidables olas del mar, con el fin de hacer más difíciles las intenciones de la ambición humana. Para esto es que ha constituido la diversidad de climas, de temperaturas, de lenguas y de estilos, para que, una vez que tal nación esté diferenciada de tal otra, cada una se una para su protección, sin ceder fácilmente al poder y a la tiranía extranjeras”[19].
Sin embargo, cuando la unidad no se da por sí sola, entonces hay que buscarla en la capacidad del príncipe de “conservar” y “unir” la heterogeneidad geográfica: Para Gracián, Fernando supo “componer un imperio a partir de todo lo mejor que había en las monarquías. Reunió muchas de las coronas en una; y no bastando un solo mundo a su grandeza, su felicidad y su capacidad*, descubrió otro”[20]. El interés de Gracián, entonces, no es tanto por las ventajas de la unidad geográfica, o incluso étnica, como es dada naturalmente, sino por el valor del príncipe, que se revela en su capacidad* de “componer un imperio”; conservar y unir políticamente, es decir artificialmente, lo que es naturalmente diverso.
Este matiz puede ser percibido a través de la distinción que establece Gracián entre las nociones de imperio y de reino*. El Imperio*, en efecto, designa una realidad política que según J. A. Maravall, sería uno de los dos elementos del Estado territorio: “la unión del concepto aristotélico de comunidad autártica y del concepto de reinado en posesión del imperium de la tradición romana, ha dado nacimiento a la idea de Estado territorial soberano de la edad moderna”[21]. Ahora bien, esta noción de “comunidad autártica” parece más bien ligada a la idea de un reino* homogéneo, circunscrito al interior de los “límites naturales”, mientras que la noción de imperio supone heterogeneidad geográfica y diversidad étnica, lingüística, etc., como se ve en Álamos de Barrientos, donde el Imperio está “formado por diferentes Reynos y naciones”. No parece, entonces, que se puedan asociar el concepto de “comunidad autártica” y el de imperio para formar “la idea de Estado territorial soberano”. Esta imposibilidad parece confirmada por las dos utilizaciones de imperio por parte de Gracián, que cada vez tienen una relación estrecha con la capacidad de “componer”, lo que lleva a suponer que, lejos de ser una realidad histórico-política dada, o ya constituida, el imperio designa el poder mismo en tanto que reúne bajo la unidad de un solo y mismo “monarca”, diferencias irreductibles en sí mismas. Es en este sentido, además, que Gracián habla, en Le Héros, del “imperio natural”, refiriéndose así no a una estructura político-jurídica, sino más bien a una cualidad propia del príncipe: “en algunos brilla un señorío* innato, una secreta fuerza de imperio, que se hace obedecer sin órdenes aparentes, sin arte de persuasión”[22]. El imperio surge así de una capacidad de controlar y dominar, es decir, de gobernar una diversidad política, aunque no haya una estricta oposición entre reino* e imperio, en la medida en que estas nociones remiten a realidades diferentes: el reino* designa a la vez el territorio, por diverso que sea, y el tipo de régimen; en tanto que el imperio, que es necesario “componer”, “labrar” o “formar”, es el ejercicio mismo de un poder único que, en este hecho, mantiene la unidad del conjunto. Además, la unidad política del Imperio no tiene otro fundamento que el príncipe mismo, cuya “capacidad” debe ser tal que permita “conservar” y “unir” una diversidad dada.
La unidad del Imperio surge, en efecto, sólo de la capacidad* del príncipe, que es “el fundamento de la política”: “la primera cualidad real constitutiva es una gran capacidad*, y un rey de gran capacidad* es un rey de gran substancia*”, porque “su atributo más grande debe ser abrazar, entender”. Es así como “todos los oficios que había repartido la República romana en cuanto a hombres escogidos, cónsules, dictadores, tribunos, censores y prefectos, vinieron a unirse en un solo Cesar, porque un príncipe debe ser todo”[23]. El poder del príncipe es tal que él es capaz de “contener”, como en un único cuerpo, todos sus miembros y “conservarlos”, mantenerlos unidos: él es una presencia totalizante y expandida en todas las partes. Entonces, así como “nada está escondido para quien que lo penetra todo”, para “un príncipe penetrante”, así también “un príncipe que comprende (…) está en todas partes a la vez; se [hace] maestro de todo por noticia* para serlo por la potencia*. Augusto inscribió primero todo su imperio en su cabeza, para luego tenerlo en sus manos”; y, “el africano Jacob Almanzor estaba en todas partes [del reino] por autoridad* y reputación, porque ellas estaban en él por cognición*”[24]. El significado de las nociones de “noticia*” y “cognición*” se inscribe aquí, en la continuidad de aquella que les da Botero:
A nadie le conviene saber más cosas que al príncipe […] pero lo que le es particularmente necesario y no sólo útil, es la noticia* de todas las cosas relativas a la cognición* de los afectos y de las costumbres, (copiosamente analizada por los filósofos morales) o a la manera de gobernar (que los políticos explican)[25].
Sin embargo, no se trata de poseer una noticia* parecida a aquella de un “arquitecto” o de un “ingeniero”, porque el “officio” de un príncipe no es “fabricar puentes ni máquinas de guerra, sino servirse juiciosamente de aquellos que hacen profesión de todas estas cosas”[26]. El saber político es, entonces, un conocimiento que se parece más a lo que es del orden de la información[27], de la opinión, que a un saber científico. Es por esta forma particular de conocimiento que el príncipe está efectivamente presente en lo que tiene en sus manos. La “capacidad” del príncipe de “ser todo”, de estar “en todas partes a la vez” reside en esta noticia* gracias a la cual se informa de lo que pasa en “todas las partes” de su Imperio; y al mismo tiempo imprime su presencia con el fin de ejercer ahí su imperio por “autoridad” y por “reputación”. Estas últimas dos nociones redoblan la idea de presencia: si la autoridad es un “poder de mandar”, es igualmente un poder que se ejerce por prestigio, crédito, incluso ostentación. En este sentido, la noticia* es la condición de la autoridad* y de la potencia*: conocer es al mismo tiempo, ser conocido, y este conocimiento, por notoriedad o reputación, es el principio de una difusión de la presencia ostentatoria – pública – del príncipe, por prestigio e influencia aquellos sobre los que ejerce su autoridad, así mantiene entonces la unidad tanto de su imperio como, indisociablemente, del Imperio. Esta presencia es la que Maquiavelo recomienda al príncipe que conquiste Estados demasiado heterogéneos:
Cuando se adquiere estados en una provincia que presenta desemejanzas en el idioma, en las costumbres, ahí están las dificultades y ahí hay que tener una gran fortuna* y una gran industria* para retenerlas. Y uno de los remedios más grandes y más vivos sería que aquel que los adquiere vaya a habitar ahí en persona: aquello volvería más segura y más duradera esta posesión[28].
La presencia del príncipe permite, en efecto, ser amado o temido, y, en todos los casos, acrecentar la dificultad de perder esta posesión. Hay una similitud irrefutable entre este texto de Maquiavelo y aquellos de los pensadores políticos clásicos, en cuanto a que el problema de la heterogeneidad de los Estados exige en ambos casos la misma industria* o capacidad*[29]para “retenerlos” o “conservarlos”. Finalmente, es la misma solución la que se propone: la presencia efectiva del príncipe, que mantiene la unidad del Imperio por la autoridad de su imperio.
Pero el asunto de la presencia del príncipe implica directamente otras dos interrogantes. La primera había sido ya evocada por Tácito a propósito de la “situación conyugal” de Druso: “los príncipes muchas veces debían ir a las extremidades del imperio, ¿Cuántas veces el divino Augusto no visitó Occidente y Oriente en compañía de Livio?”[30] Lipse, al contrario, afirmará que “hay que elegir una de las principales ciudades desde donde se gobernará todo, y se dará orden a todos los asuntos: ahí, ordinariamente estará la corte. El sol no abandona jamás su ruta por el medio del cielo y sin embargo a todo da claridad, y de sus rayos ilumina todo”[31]. Gracián, por otro lado, es más ambiguo sobre este punto: tratándose “de saber si un príncipe debe estar efectivamente presente en el centro y en todas las partes por potencia y por noticia, o si, como el sol, debe recorrer todo el horizonte de su imperio, aclarándolo, influenciándolo y vivificándolo en todas partes”, recuerda que Fernando “no fijó su corte en una ciudad cualquiera de España, ya sea porque no consideraba su monarquía como definitiva, aspirando siempre a más, o bien por opción de no hacer de una nación la cabeza y las otras los pies”. Es igualmente “por esta razón que los reyes políticos de China fijaron dos ciudades, Pekín y Nanking, como sede de su grandeza, satisfaciendo a la vez su propia comodidad por la alternancia de estadías según las inclemencias del tiempo, y la seguridad de los vasallos, haciéndolos iguales en cuanto favores y cargos”. Sin embargo, “en todas las monarquías, ha habido un centro real de mando*. Ciertas ciudades lo fueron porque ahí comenzó la monarquía. Así, Roma fue la cabeza de su gran imperio y, enseguida, del mundo entero (…). Otros lo fueron por opción, asegurando las comodidades, ya sea de la política o de la economía, como lo fue Constantinopla, primero del imperio cristiano, luego otomano”. Esta vacilación entre la necesidad de determinar un centro del gobierno y la de recorrer el conjunto del territorio, es explicado con simpleza por Gracián: “se encuentran argumentos eficaces y ejemplos creíbles a favor de una y otra opinión”[32].
Sucede lo mismo con el segundo problema, aquel concerniente a la presencia o ausencia del príncipe en las batallas. Para Maquiavelo, “el príncipe debe ir en persona y cumplir él mismo el oficio de capitán”[33], pues seguramente por su presencia los soldados “se harán mejores cuando vean a su príncipe dirigirlos, honrarlos y conciliarlos”[34]. Así también, Quevedo dice que “la presencia del rey es la mejor parte de aquel que manda”, en que “el rey debe asistir a todo y velar para que los suyos no pierdan la fe”[35]. Guez de Balzac ve en esta presencia una “suerte de coraje, que es una especie de furor divino, con que los príncipes ortodoxos en otros tiempos fueron agitados cuando su sola presencia hizo deponer las armas y sus adversarios vieron algo de extraordinario en su rostro, ante lo que no se atrevieron a resistir”[36]. En Gracián, “los príncipes héroes (…) estuvieron personalmente a la cabeza de su armada. Y era un proverbio político en los belicosos otomanos, esos primeros conquistadores, que la victoria no estaba completa ahí donde no se encontraba el Gran Señor”; porque, “ver a sus soldados es, por parte de un rey, recompensarlos, y su presencia vale por otro ejército”. Ahora bien, si Fernando “se encontraba en persona (…) en las empresas* importantes al interior de España”, al contrario, “el emperador Carlos Quinto obtuvo más victorias cuando estuvo ausente de sus ejércitos que cuando estuvo presente”. Esta presencia del príncipe en las batallas es menos necesaria en cuanto que “el oficio de un rey es gobernar, no ejecutar, y así su ambiente es el estrado real, no la boutique; él es la cabeza y, para conservarla, los rudos exponen, pieza por pieza, todo el cuerpo”[37]. Estas dudas conducirían a contradicciones si no encontrasen su razón de ser en una tercera posición, que descarta a las dos primeras y supone enfrentar la noción de presencia ya no como una actualidad efectiva sino en su relación con aquellas de noticia* y de potencia*.
En lo que se refiere a la pregunta sobre el sedentarismo o la circulación del príncipe, se trata, en efecto, de determinar una forma de medio [milieu] a la manera de Lipse, que aconseja “elegir una de las ciudades principales”, pero también desplazarse, porque es “bueno a veces, sin embargo, pasearse para evitar los perjuicios de una asidua estadía, por vuestra ausencia podría mantener ahí vuestra autoridad”[38]. Así, para Gracián, “el muy prudente Fernando encontró su medio: él no viajaba continuamente como Adriano, ni descansaba todo el tiempo como Galiano”. En cuanto a las “empresas* fuera de España, que no fueron las menos gloriosas, [Fernando] asistía*, si no por su presencia, al menos por su dirección, que era confiada a famosos capitanes, a prudentes virreyes, a atentos embajadores, todos educados en su escuela”[39]. Fernando está presente, entonces, a pesar de su ausencia, por su “dirección” y sus representantes: la “comunicación” de su potencia se lleva a cabo por su representación, o más exactamente, su imperio no es otro que su potencia* de comunicar (noticia*) su presencia, de ser conocido haciéndose presente por aquellos que lo representan. Es por esto que no puede haber contradicción entre presencia y ausencia del príncipe: hay un “medio” [milieu] entre las dos, que reside en la noticia*, entendida como potencia de hacerse presente por su ausencia. Así también, la noticia* es toda la potencia del príncipe: tanto un conocimiento que permite, como lo subraya D. Reynié, “medir el reino”, “calcular [dénombrer] para gobernar bien, conocer bien para administrar bien”[40], y una capacidad de hacerse presente por su reputación, a través de sus representantes, que son los instrumentos por los que “un príncipe está vivo, porque él lo ve todo, lo oye todo, lo siente todo, lo toca todo”[41].
La unidad territorial del Imperio no es pensada, entonces, a partir de una homogeneidad natural dada, sino por medio de una omnipresencia del príncipe, fundada en una omnisciencia. Es así que para Santa María, por ejemplo, el príncipe “debe asistir a todo, verlo todo y preverlo todo”; lo que está “lejos” como lo que está “cerca”, porque todo debe estar presente para él, al mismo tiempo que él debe estar presente en todo[42]. Lo mismo para Naudé, para quien el príncipe debe ser “capaz de verlo todo, oírlo todo, y hacerlo todo”[43], o incluso para Charron y Lipse: “El príncipe debe sustentar lo que sea fiel y diligentemente, advertido de todas las cosas”, pues, “no hay gente en el mundo que tenga más necesidad de amigos que los príncipes, y que sólo ven y escuchan por los ojos y por los oídos de otro”[44], de modo que “es una gran virtud para el príncipe conocer los suyos”, para “estar al tanto y bien dispuesto para regir y gobernar”[45]. La noticia* (opinión, información y reputación) hace efectiva esta publicidad del príncipe por la cual se hace presente en todas partes a pesar de su ausencia: todo el imperio del príncipe es un efecto de presencia; su reputación mantiene la visibilidad y la unidad. Por su ausencia misma, el príncipe mantiene una autoridad que, de este modo, reside menos en la efectividad hic et nunc del poder que en la representación de un “ahora” del poder. El príncipe “tiene en sus manos” no sólo la heterogeneidad de los Estados, sino también la continuidad del Imperio.
La continuidad del Imperio no es menos problemática que su unidad territorial. Por esta simple razón, como lo escribe Gracián, “las leyes del tiempo no conocen excepción”[46], y uno estaría tentado a dejar, con Saavedra Fajardo, que el tiempo sane “lo que el tiempo ha enfermado”, pues “apresurar esta sanación es una empresa peligrosa”[47]. Ahora bien, en el plano político, no se trata en absoluto de esperar a que el tiempo repare aquello que él ha dañado, sino al contrario, de determinar los medios que permitirán conservar el Imperio, y así, suprimir esta causa de inestabilidad. En este sentido, como Maquiavelo afirmaba a propósito de los romanos: “nunca les gustó lo que cada día tienen los sabios en su boca: ‘hay que gozar de lo bueno del tiempo’, les gustó más aquello de su virtud y de su prudencia, porque el tiempo vence ante sí todas las cosas y puede aportar consigo el bien como el mal y el mal como el bien”[48]; así mismo, para Gracián, Rómulo “fue un prodigio de capacidad* y de valor* para fundar la monarquía romana, tan dilatada en espacios como en siglos. Les dejó a los suyos en su significativo nombre depositada, como en semilla, la virtud y vinculado el valor*, para ocupar lo mejor del mundo”[49]. Resistir al tiempo y asegurar la continuidad del Imperio exige, por consecuencia, desplazar la cuestión del tiempo político hacia la figura sola del príncipe, que, por su “valor”, mantiene la permanencia del poder, así como mantiene la unidad de este poder, por su “capacidad”.
En efecto, es el “valor” del príncipe y no el tiempo, la razón del crecimiento, la conservación y la decadencia de los Imperios: “los imperios tienen sus crecimientos y sus plenitudes; con el valor crecen hasta la cúspide, se conservan con una mediocridad suficiente para no decaer, aunque muchas monarquías perecieron más por falta de valor que por exceso”. Así, “después del ilustre Clodoveo”, “el valor [de los reyes de Francia] decayó hasta la amenaza de ruina del voluptuoso Childerico. Renació de sus cenizas muertas en Carlos Martel. El valor gálico vuelve a sí en Pipino y alcanza su mayor fuerza en Carlomagno. Pero, oh, inestabilidad de las cosas humanas, naufraga por segunda vez en Carlos llamado el Simple y, más aún, en Carlos el Inepto”; luego, otra vez, Hugo Capeto “restaura la monarquía por muchos siglos, perpetuando su felicidad en numerosos reyes ilustres, unos santos, otros valerosos y otro también sabios”[50]. El valor* del príncipe no designa, entonces, sólo su “coraje”: es también una “fuerza” que permite conservar y crecer, a imagen de una “semilla” que se desarrolla y, si se puede decir, fructifica. Este principio de crecimiento o al menos de conservación, surge así de un solo y mismo valor*, que se transmite, o se perpetúa, de príncipes en príncipes, quienes, de una manera u otra, fueron “famosos*”. Ya sea del nombre ligado a aquel de Rómulo o de la fama* de los reyes de Francia, en ambos casos el imperio que mantiene el Imperio está todo en el renombre o en la nombradía. Así mismo, “el potente imperio de los turcos le debe mucho al valeroso Otomano, que le dio comienzo, pero aún más a Mahoma el conquistador, que lo estableció en Constantinopla, dejándolo tanto accreditado* como engrandecido”[51]. Si el “conquistador Mahoma” tiene paradójicamente más valor político que el “valeroso Otomano”, es porque el valor no se reduce al coraje: el valor supone un “crédito” que sólo posee el príncipe de renombre, pues sólo la naturaleza gloriosa del príncipe permite conservar la visibilidad de lo que ha sido una vez establecido. Sea gloria, renombre o crédito, es siempre, entonces, por medio de una forma de fama* que el valor del príncipe da estabilidad y duración al imperio: gracias al valor, el príncipe mantiene, a pesar de la corrupción del tiempo, “aquel primer calor nativo con el cual es constituido el cuerpo de un imperio”. Así, mientras que desde el punto de vista espacial el príncipe comunicaba su presencia por medio de sus “representantes”, aquí son “sus sucesores” los que participan de “su grandeza”[52], los que también son representantes de un valor original eternizado en la nombradía. Desde entonces, la nombradía, en la forma que sea, es una representación de la presencia del príncipe; es una memoria de su valor que mantiene el poder glorioso del pasado, es decir, el imperio como tal.
Hay, en efecto, una estrecha relación entre la memoria y el renombre, que Gracián pone en clara evidencia: “que Adriano condene los ilustres hechos de Trajano, el mejor emperador que adoró Roma, y llegue a tal extremo de disentir, que estreche los términos del Imperio por estrecharle la fama*, derribe el célebre puente del Danubio por derribar su memoria, no es emulación, sino atrocidad”[53]. El valor político de un príncipe reside, ciertamente, en su heroísmo, pero este valor está más aún en la capacidad de mantener el imperio, de seguir el curso de un renombre que conserve la grandeza del Imperio. Ahora bien, es precisamente esto lo que no hizo Adriano, cuya “atrocidad” consistió en haber debilitado el Imperio reduciendo el renombre de Trajano, y borrando los rastros, reales o simbólicos, de su memoria. Por el contrario, la memoria, manteniendo la presencia del renombre pasado, mantiene el imperio del príncipe, y así, el Imperio mismo en una “loable presencia continua” [54]
De esta manera el Estado, que es lo esencial del pensamiento político en la época clásica, lejos de reducirse a la construcción sistemática de un edificio conceptual jurídico-político, consiste, por el contrario, en una tentativa de comprender las sutilezas de una práctica del poder, que escapa, si no a toda racionalidad, al menos a toda racionalización teórica. Esta es la razón por la cual la noción de “razón de Estado”, que nombra tanto la efectividad de esta práctica como la imposibilidad de su teoría, puede parecer contradictoria en la medida en que parece confundir una concepción de lo político que es aún medieval y una ya moderna; una “buena” y una “mala” razón de Estado. En realidad, esta contradicción es sólo aparente, pues surge de una oposición estereotipada y abstracta de estas dos formas de razón de Estado, cuando de lo que se trata es de pensar una normativa política necesariamente indeterminada. Es aquí donde la noción de imperio es significativa y revela que lo esencial atañe al uso teórico que se hace de los conceptos heredados de la tradición medieval, y así, a la transformación que sufrieron estos mismos conceptos: el imperio del príncipe en la época clásica, contiene siempre algo de la misteriosa sacralidad del poder, de manera que lo político no es pensado aún independientemente de la persona misma del príncipe. Pero al mismo tiempo, la presencia del imperio del príncipe es el fundamento de la conservación del Imperio, aunque se perciba aquí algo de esta inquietud por el Estado, pregonando la modernidad política. Dicho de otro modo, la ambivalencia de la noción de imperio es constitutiva de una concepción de lo político que no es herencia de la Edad Media de la figura ejemplar del príncipe, ni es ese Estado abstracto que sólo se encuentra en algunos autores clásicos: es una etapa intermedia, que funda la autonomía de lo político por sobre la normativa inmanente a la ficción de una presencia imperiosa.
Bibliographie
- Alamos de Barrientos, Baltasar, Tacito Español, ilustrado con Aforismos, Madrid, Luis Sanchez, 1614.
- Botero, Gianni, Della ragione di Stato, libri dieci. Con tre Libri delle Cause della grandezza della Città, Venetia, I. Gioliti, 1601 (15891). Para castellano: De la causa de la grandeza de la ciudad, traducción de Roberto Donoso, UNAM, méxico, 2006.
- Charron, Pierre, De la sagesse, Paris, Fayard, 1986. Para castellano: De la sabiduría, traducción de Elsa Fabering, Losada, 1948.
- Gracián, Baltasar, El Héroe. El Político. El Discreto. Oráculo manual y arte de prudencia, Barcelona, Plaza & Janés Editores, 1986.
- Gracián, Baltasar, Obras completas, t. I, Madrid, Biblioteca de Autores Españoles, 1969.
- Guez de Balzac, Jean-Louis, Le Prince (1631/1634), Paris, Éditions de La Table Ronde, 1996.
- Lazzeri, Christian, Force et justice dans la politique de Pascal, Paris, PUF, 1993.
Lipse, Juste, Les Politiques, Livre IV, Université de Caen, Presses Universitaires de Caen, 1994. - Machiavel, Nicolas, De principatibus/Le Prince, III, trad. J.-L. Fournel et J.-Cl. Zancarini, Paris, PUF, 2000.
- Maravall, José Antonio, La philosophie politique espagnole au XVIIe siècle dans ses rapports avec l’esprit de la Contre-Réforme, trad. L. Cazes et P. Mesnard, Paris, Vrin, 1955.
- Moreau, Pierre-François, Le récit utopique. Droit naturel et roman de l’État, Paris, PUF, 1992. español :
- Naudé, Gabriel, Considérations politiques sur les coups d’États (Rome, 1639), V, Paris, Éditions de Paris, 1988.
- Quevedo y Villegas, Francisco de, Politica de Dios, gobierno de Cristo, y tirania de Satanas, (Zaragoza, Pedro Verges, 1626), L. I, cap. VI, in Obras completas (obras en prosa), Madrid, Aguilar, 1988, p. 590-784.
- Reynié, Dominique, « Le regard souverain. Statistique sociale et raison d’État du XVIe au XVIIe siècle », in Ch. Lazzeri et D. Reynié (dir.), La raison d’état : politique et rationalité, Paris, PUF, 1992, p. 43-82.
- Rivadeneyra, Pedro de, Tratado de la religion y virtudes que debe tener el príncipe cristiano para gobernar y conservar sus estados, contra lo que Nicolas Maquiavelo y los políticos deste tiempo enseñan, L. II, cap. XL, (Madrid, P. Madrigal, 1595), Madrid, Biblioteca de Autores Españoles, 1868.
- Saavedra Fajardo, Diego de, Idea de un Príncipe político cristiano representada en cien Empresas (Monaco, 16401), LIX, Madrid, Ediciones de « la Lectura », 1927.
- Santa Maria, Juan de, Tratado de Republica y policia christiana ; Para Reyes y Principes y para los que en el govierno tienen sus veces, Valencia, Pedro Patricio Mey, 1619 (Barcelona, 16171).
- Senellart, Michel, Les arts de gouverner. Du regimen médiéval au concept de gouvernement, Paris, Seuil, 1995.
- Tacite, Annales, trad. P. Wuilleumier, Paris, Société d’Édition « Les Belles Lettres », t. I (Livres I-III), 1974.
Notas
[1] En español el original. Así sucederá con esta palabra a lo largo de todo el texto y con otras cada vez que se indique con este signo * (N. del T.)
[2] B. Gracián, El Político. Don Fernando el Católico (Zaragoza, Diego Dormer, 1640), en B. Gracián, 1986, p. 180 (abreviación: P, seguido de la página)
[3] P.-F. Moreau, 1992, p. 20 (nota 14)
[4] Ch. Lazzeri, 1993, p. XII et XV
[5] M. Senellart, 1995, p. 221 et 223.
[6] B. Gracián, El Héroe (Madrid et Huesca, Juan Nogués, 1639), en B. Gracián, 1969, (p. 241-270) p. 265b-266a (abreviaciones : H, seguido de los números del capítulo, de la página y de la letra « a » o « b » indicando la columna izquierda o derecha).
[7] P, p. 206.
[8] H VIII, p. 255b.
[9] P. de Rivadeneyra, 1868, (p. 451-587) p. 577.
[10] J.-L. Guez de Balzac, 1996, p. 52: “no hay nada que sea tan fuerte naturalmente ni tan bien terminado por el artificio de los hombres, que pueda resistir la presencia del Rey ; no hay grandeza que no se humille ante la suya”.
[11] P, p. 198-199.
[12] F. de Quevedo y Villegas, 1988, p. 611.
[13 Ibid.
[14]G. Naudé, 1988, p. 154. Naudé hace referencia aquí a Jenofonte, que advierte que “el rey debe tener muchos ojos y muchos oídos” (subrayado por el autor).
[15] J. A. Maravall, 1955, p. 93-94.
[16] P, p. 167.
[17] Español (antiguo) en el original (N. del T.)
[18] B. Alamos de Barrientos, 1614, I, 83, p. 12.
[19] D. Saavedra Fajardo, 1927, vol. III, p. 77.
[20] P, p. 169.
[21] J. A. Maravall, 1955, p. 89.
[22] H XIV, p. 262a-b.
[23] P, respectivamente p. 196, 195 et 188-189.
[24] P, p. 197-198.
[25] G. Botero, 1601, L. II, « Delle scienze atte ad affinar la Prudenza », p. 55-56.
[26] Ibid.
[27] La noticia designa una forma de conocimiento cercano a la divulgación y la información. Así, un noticioso es un hombre bien informado. Pero igualmente debe entenderse en su sentido etimológico: el hecho de ser conocido, la notoriedad.
[28] N. Maquiavelo, 2000, p. 52-53.
[29] La capacidad no es sólo la propiedad de una cosa de contener a otro al interior de cierto límites, sino también una aptitud, un talento, una cualidad que dispone alguien para el buen ejercicio de alguna cosa y, aún más, un sentido de la oportunidad para ejecutar alguna cosa.
[30] Tácito, 1974, III, 34, 6, p. 170.
[31] J. Lipse, 1994, L. IV, cap. IX, p. 49-50.
[32] P, p. 206 et 211.
[33] N. Maquiavelo, 2000, p. 117.
[34] Ibid., XXVI, p. 209.
[35] F. de Quevedo y Villegas, 1988, L. I, cap. VI, p. 610-611.
[36] J.-L. Guez de Balzac, 1996, p. 89.
[37] P, respectivamente p. 208 et 206.
[38] J. Lipse, 1994, L. IV, chap. IX, p. 50.
[39] P, p. 210-211 et 213.
[40] D. Reynié, 1992, p. 49.
[41] P, p. 199.
[42] J. de Santa Maria, 1619, cap. XXVII, fol. 132-133. En este capítulo, que trata sobre « el sentido del olfato, es decir de la prudencia de los Reyes » (ibid., fol. 131), Santa María compara la Providencia de Dios con la prudencia política: la prudencia es “una virtud que no puede hacer más parecidos los reyes a Dios, pues igual que por su divina prudencia [Dios] lo prevé todo, gobierna todo, y todo lo tiene presente [español en la nota del autor, N. del T.], así mismo [los reyes], por su prudencia humana, que participa [de la prudencia] divina, mira el pasado, disponen el presente y prevén el avenir” (ibid., fol. 133). La expresión “todo lo tiene presente”, que se aplica a Dios y al príncipe, es determinante para la comprensión de esta noción de “presencia”, porque se trata tanto de “tener todo presente” en sí, como, para hacer esto, estar presente en todo. Hay así, una forma de simultaneidad de la presencia, o de la co-presencia, del príncipe y del reino, que sugería ya Santa María determinando el “cuidado” o la “cura” principal del “Rey”: “el Rey es el corazón del Reino, y él debe actuar como él”, es decir “acudir, por su gran poder y su virtud, en todas partes del Reino, cuidar de todo y encontrarse en las manos de todos. Y este cuidado es en este punto, lo propio del Rey, como lo es igualmente del corazón, que es imposible tener un corazón vivo sin cuidado” (ibid., fol. 20).
[43] G. Naudé, 1988, chap. V, p. 159.
[45] J. Lipse, 1994, L. IV, cap. V, p. 27.
[46] H XVI, p. 265b.
[47] D. Saavedra Fajardo, 1927, XXII, L. I, p. 275: “que aquel que ha sido corrompido por el tiempo, sea sanado por el tiempo. Precipitar su sanación es una empresa arriesgada y en la que uno podría llegar a endurecer la furia de la multitud irritada”.
[48] N. Maquiavelo, 2000, III, p. 57.
[49] P, p. 165.
[50] P, respectivamente, p. 191 et 180.
[51] P, p. 166.
[52] P, respectivamente p. 180 et 165.
[53] P, p. 176.
[54] P, p. 201.




